Max esperaba a Joaquín. Hacía unos días que este le había pedido compartir un café para comentar un incidente que había tenido con su amiga Laura. Max no tuvo tiempo ni de encender la cafetera cuando lo vio ya acercarse por el camino de la entrada.
Joaquín y el viejo profesor se saludaron efusivamente y, sin demasiados preámbulos, se instalaron en la mesa de la cocina. Mientras Max preparaba el café, Joaquín le expuso su problema:
-Verás, Max, le envié a Laura un correo pidiéndole un favor : quería que intercediese ante su jefe para concertar una entrevista conmigo. Y no solo no lo ha hecho sino que ahora no contesta a mis llamadas...
Max escuchaba con atención mientras servía el café. Joaquín continuaba:
-Es más, por un comentario que me hizo una amiga que tenemos en común, sé que Laura está molesta conmigo.
-¿Tienes el correo que le enviaste?
-Sí, quizá nos ayude.
Joaquín le tendió a Max la hoja con el correo impreso y la leyó. Joaquín se expresaba tal y como le había comentado a Max, salvo por un detalle... El mensaje acababa con una frase clave: '' No irás a fallarme''. Max se levantó, necesitaba buscar la manera de hacer sentir a Joaquín el peso y la repercusión emocional de aquella frase. Para él, en esas palabras estaba el origen del conflicto. Tras meditarlo unos instantes, le dijo a Joaquín.
-Perdona que cambie de tema, ¿sigues teniendo aquella casita en la playa? ¿Podría disponer de ella este fin de semana?
Max hizo una pequeña pausa para observar la cara de Joaquín. Sabía, a través de unos amigos, que la tenía comprometida y que su demanda le iba a incomodar. Sin dar tregua, continuó:
-Ya sabes que nunca te he pedido nada, y que tengo un compromiso este fin de semana que no puedo eludir. Son muchos años de amistad los que nos unen, así que no vayas a fallarme ahora...
Joaquín lo estaba pasando fatal. Tenía la casa comprometida, pero no sabía cómo negársela a Max, a quien le debía tanto. Se sentía muy incómodo. No sabía qué decir, y su mente intentaba desesperadamente encontrar una salida. Max, lejos de ofrecérsela, esperaba la respuesta en silencio, sorbiendo su café. Al comprobar que Joaquín se sentía especialmente incómodo, decidió acabar con la tortura:
-Tranquilo, Joaquín, ¿cuándo me has visto a mí interesado por la playa?
Joaquín, entonces, reaccionó y entendió que estaba ante una de las estrategias de Max para darle un mensaje. Intuyendo ya de qué iba la historia, le dijo:
-Supongo que debo aprender algo sobre la forma en que pido las cosas, ¿no?
-¿Qué has sentido al oírme decir '' No vayas a fallarme''?
-Una presión enorme
-¿Cómo describirías esta presión?
-Sinceramente, me he visto en una situación de claro chantaje emocional: has apelado a nuestra relación para pedirme algo.
-Y te he quitado la libertad de elegir la respuesta que podrías darme...
-Efectivamente. Me he sentido sin la posibilidad de decir que no. Más que una petición, era una imposición.
-Pues debo decirte que la frase la he leído en tu correo a Laura.
Joaquín, de repente, lo vio claro. No era la primera vez que utilizaba aquellas palabras, pero hasta ahora desconocía el efecto que producían. Max prosiguió:
-Cuando pedimos algo a alguien, es esencial que le demos la libertad de hacerlo o de negarse. Si no, en vez de una petición es una coacción. Si el otro no siente que puede decir que no, se sentirá incómodo al límite, y llegará a la conclusión de que la relación no le interesa. Y si expresamos esa falta de libertad al otro en términos de deuda emocional, la presión se hace insoportable. Yo sólo pido favores a quien sé que puede decir que no porque entonces sé que lo hace sin compromisos ni presión, con total sincera libertad.
Joaquín interiorizó el mensaje. No necesitaba muchas más explicaciones para comprender perfectamente el origen del conflicto con Laura. Lo dejaron en aquel punto y, durante la siguiente hora, charlaron animadamente de sus vidas. Tras despedirse, y ya en el coche, Joaquín releyó el mensaje que había enviado a Laura. Se ruborizó al leer la dichosa frase : '' No irás a fallarme''. Él sí que había fallado al presionar a Laura de aquella manera. Ni un nuevo mensaje, ni siquiera una nueva llamada, podía resolverlo. Aquella misma tarde la esperaría a la salida del trabajo para ofrecerle personalmente una disculpa.